Cuentacuentos: 7º Mar, capítulo uno: La Fiesta, primera parte

14.5.14

Cuentacuentos: 7º Mar, capítulo uno: La Fiesta, primera parte


¡Saludos, runeros! Bienvenidos a la sección "Cuentacuentos", donde narraremos experiencias surgidas de partidas de rol de diferentes juegos.

Ésta es la mitad de la primera sesión que he tenido, hace ya un tiempo, dirigiendo 7º Mar a unos amigos. La segunda parte de dicha partida vendrá en quince días, y la primera mitad de la segunda vendrá dentro de un mes.

Vodacce, escenario de la partida
Espero que les guste, cualquier pregunta o crítica la pueden dejar en los comentarios, :).

Capítulo uno:

La Fiesta
primera parte

John

El avalonés veía, divertido, cómo su amigo hacía lo impensable para conseguir una rebaja en el traje. La tienda estaba abarrotada de gente, gente que venía de todos los rincones del mundo para la gran fiesta del Príncipe Bernuolli de Vodacce. Dada su relación comercial exclusiva con el Imperio de la Media Luna, su familia era la principal importadora de exotismos lunares a Théa, y John sospechaba que el señor Gregory, el segundo mayor experto en el continente de las reliquias Syrneth, estaría allí, como Chet le había asegurado aquella vez en Montaigne.
Desdobló la carta que habían encontrado sobre la mesa de queso para leerla una vez más.
Convence a Chet de que venga, por favor, quiero ver a mi hijo después de tanto tiempo.
No entendía cómo Chet podía odiarlo tanto... si él tuviera un padre como ese...
Volvió a mirar a su amigo, que estaba seduciendo con extremada facilidad a la asquerosamente fea dueña del lugar, y pagaba los vestidos con un generoso descuento y un guiño cómplice que se veía demasiado extraño en una persona de mediana edad.
Suspiró y pasó a probarse su propio traje.


Chet

El Palacio era inmensamente magnífico. Parecía cubrir toda la isla, y no pudo evitar sentir que la estructura era demasiado frágil. Los miles de balcones que se desprendían del edificio de forma triangular eran sólo comparables con los infinitos puentes que unían las pequeñas islas de lo que debería ser el archipiélago de Vodacce en lo que efectivamente era Terra Bernuolli.
Pero de tierra, nada. Todo piedra y puente.
Los guardias parecían ser bastante meticulosos, un gran estorbo. Pero él no venía armado, por suerte. Pensándolo bien, tenía sentido que haya tanto celo por la seguridad, dado que era la primera fiesta abierta a todo público que recordaba, luego de haber pasado casi toda su infancia en la nación.
-No puede pasar con eso, viejo.
El guardia que lo registró señalaba la cuchara que tenía en su bolsillo.
-¡Pero si han dejado entrar a un hombre con su espada!
Chet señaló a alguien que tenía toda la apariencia de ser castellano. El guardia miró y murmuró algo acerca de el Gremio de Espadachines, pero él no dejaría las cosas así:
-¡Es una simple cuchara! ¡Es totalmente injusto! O me dejan pasar, o...
Pero no fue buena idea. El guardia había desenvainado, y no los dejarían pasar a menos que...


Claude

Alguien gritó su nombre. Una voz familiar, de esas que uno no quiere oir más de una o dos veces en su vida. Era el vodaccio, ¿o era avalonés?, ya no se acordaba.
-Claude, ¡soy yo, Chet! ¡Diles que me dejen pasar!
Ah, sí, Chet. Avalonés, entonces.
Hizo el ademán al guardia de que lo dejaran pasar. El guardia accedió a regañadientes, y él y otro tipo, más joven, se adelantaron con sus trajes de gala... si a eso se podía llamar gala... hasta él.
-Así que has decidido venir. Déjame adivinar, te ha citado tu padre, ¿no es así?
-A los dos. Parece que a tí también.
Sí, pero esas son cosas mías, y ya han robado cosas mías antes...
El acompañante se aclaró la garganta.
-Ah, Claude, permíteme presentarte a mi amigo John; John, él es Claude. Supongo que...
-Mejor hablamos adentro, ¿te parece? No quiero que se hable de nosotros antes de que hayamos entrado a la fiesta, y has armado bastante alboroto, como siempre.
El avalonés, John, rió con ganas. ¿Qué habrán vivido éstos dos juntos?
-Vamos, entremos, muchachos -dijo el montaignese.


Rodrigo

El salón de entrada era tan grande como la manzana donde estaba el hotel barato en el cuál estaba parando Rodrigo por esos días.
En el centro había una inmensa escultura de hielo con inscripciones rúnicas y guardias vesten vestidos de verde opaco, con picas que no tenían pinta de ser decorativas. La mesa de comidas era semicircular, y parecía atestada de gente pobre que le dificultaba a los mozos la reposición de los exóticos manjares lunares. Un grupo de acróbatas de ojos finos y rasgos afilados, venidos de quién sabe dónde, estaba realizando proezas inimaginables (quién diría que el cuerpo humano puede doblarse tanto...) cerca de los mosqueteros más cabizbajos que había visto jamás.
Rodrigo no era muy patriota, pero no pudo evitar sentir un cierto rencor hacia los montaigneses, representantes de L'Empererur, ese bastardo que había invadido el oeste de Castilla.
Se preguntó de dónde podían venir, y era claro que ése era un indicio del fracaso de la campaña a Ussura.
Se alegró y se concentró en su búsqueda, apartando la mirada.


Para que se den una idea, Terra Bernuolli sería el equivalente a todas éstas islas unidas por puentes y un complejo sistema de poleas para compensar la marea y la falta de tierra firme para algunas casas o avenidas... 

John

Querían encontrar al señor Gregory rápido, así que no se permitieron distraerse con las extravagancias lunares que había allí.
O por lo menos John no lo hizo.
Vio que Chet había ido en busca de ese espadachín murmurando algo de que ya se las pagaría, a Claude con los ojos desmesuradamente abiertos por las voluptuosidades que demostraba el Príncipe en su fiesta, y de repente estaba solo, en busca de alguien que jamás había visto.
Pero no se desanimó. Después de todo, incluso en una fiesta de disfraces, ¿cuánta gente vieja iría con máscaras de ángel, como queriendo recordar que dejaría este mundo a la brevedad?
Buscó por todos los salones sin éxito (aparentemente, más gente de la que él creyó posible, y todos vodaccios), hasta que se chocó con Chet accidentalmente, quien murmuró algo de alguien muy escurridizo, y continuaron buscando juntos.
Luego de lo que pareció una campanada entera vieron a Claude, que había estado hablando con alguien con una máscara... oh, sí, cómo no imaginarlo... de ángel.


Chet

Su padre estaba muy viejo ya. No pudo evitar reflejar todo el rencor que le tenía cuando respondió secamente a su afectuoso saludo.
John hablaba con halagos y profundas reverencias, y Claude lo miraba con cierta maravilla en los ojos. Si tan sólo conocieran a su padre, si conocieran no al señor E. Greggory sino a Emmett Gregghwldry, sabrían que estaban tratando con un ser despreciable y egoísta.
Pero no pudo evitar, tampoco, sentir cierto afecto. Después de todo, es mi padre.
La conversación se detuvo y su padre hizo ademán de que lo siguieran.
Recorrieron varios pisos y niveles, hasta llegar al quinto, ya con tres salones. En el tercero que vieron encontraron al Príncipe y su corte, y la gente que bailaba allí arriba era toda de alta alcurnia. Salvo Claude, que se movía con soltura al presentarlos al anfitrión, Chet creyó que nadie de esa comitiva encajaba con el ambiente de nobleza de ese salón.


Rodrigo

No, allí no parecía haber nadie que hablase castellano ni que usara un velo negro. Pasó al salón de al lado y quedó sorprendido: era igual de grande, y el tema ya no era el hielo, sino el fuego. Había un grupo de pequeñas personas que llevaban entre todas un disfraz de dragón, y, de repente, de la cabeza salió un fuego rojo, de seguro producto de la hechicería. Movió la cabeza con resignación y siguió buscando.
Al parecer, el nivel inferior del edificio contaba con siete salones tan grandes como manzanas, y en el piso de arriba había seis.
En el cuarto salón del segundo nivel encontró a una hermosísima bailarina castellana. La invitó a bailar y logró conquistarla con facilidad. Ella le contó de su estúpido pretendiente y él de su maldición... y, como al pasar, preguntó si había visto alguna Bruja del Destino allí, en la fiesta. Ella asintió, pero, con la más dulce de las sonrisas, dijo:
-Bailemos algunas piezas más, querido mío, pues pareces inmune a cualquier maldición a mis ojos.
Podría negarse y contribuir a la reputación de Bribón que se había forjado, pero le pareció más sensato ceder por esta vez. Lo lamentó cuando se dio cuenta de que algunas de las piezas eran extremadamente exóticas, y finalizó rápidamente el asunto, exhortándola a cumplir con su palabra.
A regañadientes, ella le indicó que tenía que ir al quinto nivel, el primer salón a la derecha de las escaleras.
Al llegar,vio que el grupo de revoltosos que le habían gritado en la entrada estaban hablando con el Príncipe.
¿Cómo los han dejado pasar?


Siguiendo la sana estrategia de poner una imagen sexista al final del post, les presento a la mujer que me imagino como la hija del Príncipe.

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