Cuentacuentos: el misterio de las mini-mesas.

¡Saludos! Hoy me hago cargo momentáneamente de la columna Cuentacuentos, dedicada al reporte de sesiones de juego. Traigo para compartir con ustedes una experiencia de juego peculiar, tomada de la iniciativa que los chicos de Sierpes del Sur pusieron en práctica en las últimas emisiones de Rosario Juega Rol. Se trata de las llamadas mini-mesas, o mesas demo.
Esta modalidad de juego intenta condensar algunos aspectos centrales de lo que conforman las experiencias más comunes en una sesión de juego, pero en lugar de desarrollarse por cuatro o seis horas, pretenden resumir su duración a los treinta minutos, aproximadamente. Claro que las mini-mesas no son un reemplazo del formato tradicional de juego. Pero es una idea interesante, muy potable para presentar las nociones fundamentales de un juego a un grupo de interesados sin tener que asumir un compromiso mayor.
Y otro aviso merece ser hecho: los acontecimientos narrados son intensos y oscuros, y se recomienda discreción a los lectores (ya que no la tuve yo). En otras palabras: jugamos una sesión de Apocalypse World, donde los verdaderos monstruos son las personas. Van a encontrar escenas sórdidas y morbosas. Pero bueno, ya están avisados.
Así que sin más preámbulos, vamos al reporte de esta mini sesión de juego.



Genealogía de una mini-mesa
Desde hace unos meses participo de la organización de un club de rol llamado Rol n' Ramos, que intenta nuclear a los jugadores de la zona oeste de Buenos Aires. Hasta hace unos días nos solíamos reunir en un Centro Cultural ubicado a unas quince cuadras de la estación de Ramos Mejía abriendo las puertas quincenalmente los domingos.
En esta ocasión el día invitaba a pasar una tarde a puro rol, con una llovizna persistente y esa sensación de víspera de lunes aplastante que petrifica. Así que con todo el amor por el hobby del mundo enfilé para el club, metiendo en la mochila los playbooks necesarios para continuar la campaña de Apocalypse World en la que estoy involucrado.
Cuando iba llegando me llamó la atención ver a un grupo de miembros del club en la puerta. A menudo usamos la vereda como espacio para socializar, pero en esta oportunidad la lluvia no parecía un buen contexto para la charla callejera. Cuando me uní al grupo vi que la razón por la que estaban afuera era que el Centro Cultural todavía estaba cerrado. ¿Hacemos corta la historia? Me intenté comunicar con los administradores del lugar, y no hubo respuesta. Así que nos vimos obligados a migrar a un centro comercial cercano, dejando un cartelito en la puerta de nuestra guarida usual para orientar a quienes fueran llegando más tarde.
El camino era breve, y sirvió para charlar entre todos un rato: el tipo de cosas que hacen a un club de rol. Ya en el patio de comidas acomodamos algunas mesas, las rodeamos de sillas, e intentamos poner algo de orden a la situación. Estábamos desmembrados, con mesas que estaban esperando a otros miembros que no sabían si iban a poder llegar, pero sacamos fuerzas de flaqueza y le pusimos el pecho a la situación.
Viendo que muchos estaban en situación de espera, consideré que esta era una situación ideal para jugar una mini-mesa como las que tuve la grata oportunidad de probar en Rosario Juega Rol 2013 y 2014. Así que desenfundé las hojas de personaje de Apocalypse World, junté a un par de interesados (que terminaron siendo... cuatro o cinco), y con un muy pero muy breve preámbulo pasé a describir la situación.


Algunos de los que participamos en la mini-mesa.


El escenario
Los personajes estaban en su segundo día de marcha a través de un hostil desierto postapocalíptico. Se encontraban cansados, hambrientos, sedientos y muy malhumorados luego de haber sido expulsados de su refugio por un grupo de supervivientes mejor armados que ellos. Bajo el sol de la tarde, los ojos de los personajes lograron divisar una nube de polvo en el infinito horizonte, moviéndose del este al oeste, y deteniéndose en un punto. La distancia no les permitía determinar las formas, así que ante la duda procedieron a arrojarse al suelo y observar con una de las miras de los rifles que portaban en busca de mayor información. El calor distorsionaba la vista del observador, pero no lo suficiente como para ignorar los dos destellos de luz provenientes del punto donde la nube se detuvo. Inmediatamente dedujeron que se trataba de algún tipo de asentamiento, y que dos binoculares estaban dirigidos a su ubicación. 
¿Los habrían visto? La duda es una sensación extremadamente peligrosa en Apocalypse World, seguida a menudo de una horrible certeza. Así que para prevenir sorpresas los personajes decidieron guardar todo material que pudiese proyectar o reflejar luz, y luego pasaron a improvisar una trinchera y dejar que el manto de la noche los cubra de posibles amenazas. 
Las horas pasaron, con el ocaso en retirada dos de ellos, una hermosa mujer y su hermano, decidieron avanzar a modo de enviados diplomáticos, o tal vez de señuelo, mientras un tercer personaje los seguía de cerca con su rifle, dándoles una endeble cobertura.




La gasolinera
A medida que avanzaban, los enviados comenzaron a dar forma a ese punto difuso del horizonte. La oscura silueta de una pequeña estructura con forma de cubo, con paredes despintadas como es usual y viejos carteles que supieron tener letras coloridas hace décadas se recortaba del cielo estrellado. Afuera de este lugar una camioneta se encontraba estacionada, junto a viejos surtidores de combustible, seguramente secos desde antes de que ninguno de ellos hubiese nacido.
Su marcha se cortó estrepitosamente con dos disparos que impactaron a centímetros de sus pies. La distancia dificultaba al compañero que los cubría un disparo certero, y la ubicación elevada del tirador, que estaba atrincherado en el techo hacía aún más difíciles las cosas. Además, notando que los disparos no pretendían la muerte de los enviados, los demás sobrevivientes optaron por un acercamiento furtivo aprovechando la distracción que sus compañeros pudieran generar.
Entre tanto, los enviados intentaron un diálogo diplomático con el guardián de la construcción. Sin embargo su interlocutor continuaba diciéndoles que lo único que quería de ellos era que dieran media vuelta y volvieran por donde vinieron. Auspiciando un final de discusión tenso, la mujer fingió un desmayo fruto del arduo viaje. En la caída procuró dejar a la vista del tirador sus encantos femeninos bien descubiertos, y eso, sumado a las súplicas de su hermano terminaron convenciendo al hombre del tejado de que los dejase entrar a su dominio.
Los demás sobrevivientes avanzaban entre tanto en la oscuridad, viendo de a momentos cómo el tirador conducía a sus amigos a punta de rifle hacia el interior de la construcción. Este era el momento para tomar control de la situación. Mientras las estrellas los veían ganar terreno, uno de ellos empleó sus habilidades mentales para buscar información en la tormenta psíquica que envuelve y atraviesa este mundo decadente. Allí pudo observar una especie de plano de la construcción, viendo en su interior las burdas figuras tridimensionales de sus dos compañeros, el hombre armado, una mujer recostada con un bebé en brazos y una joven niña. Las ventanas del lugar estaban tapiadas, por lo que la única vía de ingreso resultaba ser la puerta principal.



Reunión en familia
Ya dentro, los dos hermanos contemplaron este lugar con varias cajas con provisiones distribuidas alrededor de un pequeño mostrador. En el fondo de la habitación, una madre sostenía a su bebé recién nacido en brazos recostada sobre su cama, y junto a ella una inocente niña de unos cuatro años observaba cómo su padre traía bajo la mira a dos completos extraños.
Los hermanos le pidieron ayuda al hombre, pero este se negó a dispensar aquello que había recolectado con tanto esfuerzo para su familia. En un mundo tan duro como el de Apocalypse World la caridad no llega a ser la sombra del recuerdo de un concepto. En cambio, el trueque es la forma de comercio más común, y evidentemente la mujer que había fingido su desmayo poseía algo que interesaba al hombre.
Así, con su familia observándolo detrás, el padre ordenó a la protagonista que se desnude, mientras aparatosamente y con el rifle en la mano hacía lo propio. Luego de saciar sus necesidades, insatisfechas por el embarazo de su pareja, les daría una lata de comida. 
Los demás sobrevivientes llegaron finalmente a las inmediaciones de la construcción. Por entre las grietas de las paredes y los tablones que tapaban magramente las ventanas pudieron tener una mayor noción de la situación: con su familia como testigo, y apuntando con su arma al enviado diplomático del grupo, el padre de la casa arremetía con movimientos pélvicos contra la hermosa muchacha. Su familia contemplaba la escena como quien hoy mira la televisión. La niña de cuatro años de pie, con grandes ojos que imitan la oscuridad. La madre con su estómago aún ligeramente hinchado por el reciente parto. El recién nacido que pareciera guardar un silencio mortecino con tal de no perturbar la faena del padre. Y hablando de perturbaciones...
Mientras el hermano observaba como uno más de la familia el acto sexual en que incurría su hermana, comenzó a hablar torpemente con el hombre que no soltaba su rifle ni para calmar su apetito. Notó que sus palabras le distraían, y aprovechando esto aumentó su verba, buscando que baje la guardia. En su lugar, el hombre, aún dentro de su hermana apuntó el rifle al protagonista echándolo de su casa y amenzándolo con terminar con su vida si no se iba y cerraba la boca de una buena vez.
Gracias a una intervención afortunada por parte de la hermana lograron el siguiente trato: su hermano lo dejaría seguir tranquilo, y se retiraría sin molestar si le dejaba retirar al menos una provisión. Si hacía esto, dijo mientras cambiaba de posición acercando su boca carnosa al miembro erecto, ella se quedaría con él por unos días más. El hombre accedió al pedido remarcando que se lleve solo una cosa, y que se retire inmediatamente.
"¿Una sola cosa? ¡Me llevo esto!", dijo el hermano abalanzándose sobre la niña de cuatro años, extrayendo de su bolsillo un diminuto cuchillo que apoyó sobre su cuello, y usándola como escudo humano.


El padre de familia bien podría parecerse a Bukowski

¡Blam blam blam!
Afuera de la gasolinera los demás escucharon los gritos, y uno de ellos descargó una metralla sobre la puerta, mientras otro la derribaba de una patada.
El hermano oyó el estruendo de la ráfaga de disparos ingresante, seguida del característico sonido del plomo sumergiéndose en la carne. Al levantar la vista pudo contemplar cómo el bebé que estaba en brazos de su madre portaba ahora un disparo en su pequeña cabeza.
Con un grito de loba la madre revolvió las sábanas ensangrentadas y de sus profundidades sacó una pistola de nueve milímetros y disparó frenéticamente contra el hermano de la mujer que en este preciso momento estaba mordiendo el pene de su esposo. Por la puerta entraron los demás sobrevivientes repartiendo disparos a los habitantes de la gasolinera, dejando solo vivos a los dos hermanos y a la niña.
La horrible escena no conmovió a estos personajes ajados por la lucha continua contra un mundo derruido. En su lugar, estos se pusieron a inspeccionar las instalaciones, las provisiones acumuladas y los recursos que esta familia había reunido.



Un epílogo acorde
Mientras varios de los personajes se daban al registro del área, el hermano y la hermana avanzaron con un plan diferente. Posicionándose sigilosa y fríamente a espaldas de los diversos sobrevivientes levantaron las puntas de sus armas, y sin que estos lo sospechasen abrieron fuego contra ellos, haciendo más copiosa la división de víveres entre las tres únicas personas que ahora respiraban dentro de la gasolinera: los dos hermanos y su nueva hija adoptiva de cuatro años.
Al menos todo quedó en familia.



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