Cuentacuentos: La profecía de Urd

20.5.15

Cuentacuentos: La profecía de Urd


Contamos hoy con la primera colaboración de Seak, con un relato escrito en base a una sesión de Sagas of the Icelanders. ¡Espero que lo disfruten!
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Urd, la bruja del pueblo, se dispuso en el círculo de piedras cerca de la fogata. Detrás, y en lo alto de la colina, se erguía Otar liderando a un puñado de hombres que la observaba con recelo; también estaba Icemberg, con un ejército más numeroso y aguerrido, y Vali, embutido en finas pieles, rodeado de mujeres y niños llevando cántaros, especias y algunos animales como ofrenda a los dioses. Los estandartes de cada uno de los señores que aspiraban a suceder al goddi recientemente muerto coloreaban de rojo, azul y amarillo el claro en el bosque. 

Trozos de huesos dejó caer Urd sobre la tierra. Se arrodilló frente a las runas esparcidas, al mismo tiempo que sus ojos se volvieron del color de la leche, su cabellera, blanca y enmarañada, se puso a flamear por el viento que sólo a ella parecía alcanzar. Tres son los ejércitos que se disputarán el liderazgo del poblado, Icemberg, Vali y Otar, tres veces se dividirán en franca disputa, recitó la anciana, y luego siguió con esto otro: un extranjero llegará a estas tierras para devolverles el honor, el sol se pondrá tres veces más antes de que una mujer decida la suerte de la guerra.
Todos pensaron, en efecto, que la guerra de la que hablaba la anciana era la invasión de los daneses que estaban esperando, y que la mujer a la que se refería, era aquella doncella que con un matrimonio sellaría la alianza entre dos de los señores que aspiraban liderar el pueblo. De inmediato todos los ojos se posaron en Freydis, hija de Vali, quien se había vestido para sorpresa del auditorio con su armadura y escudo como si esa misma noche hubiera de marchar a la guerra, y en Silfrig también; ambas, cada una a su manera según las costumbres, amaban en silencio a Otar.
Cuando la anciana hubo de terminar su adivinación, Otar mismo dio un paso adelante y con altanería pidió que le dijera con precisión qué ordenaban los dioses. Urd lo instigó así: ¡Te atreves a cuestionar el modo en que se expresan los dioses! Su sobrina, Freydis, que confiaba ciegamente en Urd, se paró a su lado, y sostuvo con fuerza el mango de su hacha. Quedó atónita al oírle decir a su amado que iba contra las tradiciones que una mujer decidiera el destino de la guerra. ¡Será para nosotros una desgracia!, Otar alzó la voz, potente, y enseguida fue secundada por un grito de aprobación de sus guerreros. Sin embargo, hacia el final hubo un temblequeo en las palabras pronunciadas por Otar, sucedió en el mismo momento que fijó sus ojos en Urd, algo nadaba debajo de aquella mirada impasible, miedo quizás. Así, más temeroso de las maldiciones de la anciana, que del filo del hacha de Freydis, tras decir aquello, Otar inició su retirada.
Mientras la comitiva de Vali montaba a caballo también, para emprender la marcha de regreso a sus hogares, Freydis oyó a Boly, guerrero de Otar, bromear y reírse junto a los otros de las maneras de la mujer guerrera. Descendió presta de su caballo y lo desafió a un combate. Otar, que observaba todo desde su jamelgo, fue conminado por Urd a detener la pelea, pero no lo hizo. No hubo tiempo tampoco, Freydis golpeó a Boly en el pecho, e hizo una finta al alcance de su hacha, luego se escabulló entre sus piernas abiertas, cortando todo lo que encontró a su camino, y lo atrapó por la espalda, colocándole el filo del arma en el cuello. Humillado, Boly cayó de rodillas suplicando por su vida. Luego de oírle decir aquello acerca de que las mujeres en la guerra serían la desgracia del pueblo, a los ojos de Freydis, Otar ya no era aquel hombre que solía amar. El desengaño le nubló los ojos cuando cedió a las súplicas de Boly ganándose no obstante el respeto de los guerreros.
Cerca de allí, en medio del bosque, un extraño se acercaba al poblado. A mitad de camino, en un sendero surcado de un lado y otro por árboles, escuchó un ¡Detente extraño! Y, tras ello, varias puntas de flechas aparecieron entre el follaje, apuntaban directo a su corazón. Hizo caso a la demanda y alzó las manos en señal de paz, respondiendo: Los dioses me han guiado hasta aquí para traer paz a la sucesión de su pueblo. Se adelantó un viejo, arreando un cabrito, que desguazó con un cuchillo de piedra delante de sus ojos, y los de varios hombres de aspecto salvaje liderados por otro más robusto y rubicundo que observaba al que era su padre sacrificar al animal. Entre las vísceras y la sangre creyó el viejo reconocer las palabras del extranjero. ¡Es cierto!, clamó, y hay aún más, este hombre te devolverá el honor que Otar te ha arrebatado junto con tus tierras , Killi, pero lo logrará una vez que sea nombrado como nuestro nuevo goddi. Sorprendido por semejantes palabras, el extranjero, cuyo nombre era Ramunn, retrocedió diciendo: No vengo en busca de poder ni gloria, ni tengo nada en su contra, sólo sigo mis adivinaciones, por lo que les agradecería que me permitieran seguir mi camino.

Muy a pesar de las negativas del extranjero a tomar parte en las disputas políticas, y el convencimiento de Killi de los augurios de su padre, llegó el momento en que se trenzaran en una lucha despareja. Killi hizo retroceder varias veces a Ramunn con su espadón hasta que éste cayó al suelo y no pudo más que ceder a sus captores, jurando por su honor que seguiría los designios que los hados le habían revelado a Koll. De este modo Ramunn fue llevado por la fuerza a la aldea.
Cuando Urd, la vidente, volvió a su choza en medio del bosque, notó que algo no andaba bien. La puerta estaba entreabierta, se oían ruidos dentro, y reconoció algunas sombras vagando de aquí para allá. Se asomó por una de las ventanas, descubriendo a Boly y otro grandote como él, revolviendo todo y blandiendo sus armas en actitud hostil. No tardó en concluir que estaban esperándola. Mientras se decidía entre largarse a buscar la protección de Killi- cuya aldea era la más cercana a su casa- o bien enfrentarlos, se oyó un estruendo, el sonido de sus cacharros de cerámica rompiéndose, y una explosión, que comenzó un incendio. Uno de los hombres de Boly salió de la choza ardiendo en llamas. La acción decidió por ella, Urd no se quedó a ver que lo que pasaba, corrió -todo lo que una anciana podía correr- en busca de ayuda.
Al día siguiente, llegó a oídos de Freydis que Silfrig había entregado una dote a Otar para acordar su matrimonio. Cegada por los celos, y deseosa de venganza, pidió consejo a su madre, Olof, quien la vistió con sus más ricos ropajes para ir a visitar a Frody, el mejor guerrero del pueblo, seguidor de Icemberg. Encontró a Frody entrenando con otros guerreros cerca de un establo. Éste, luego de haberla visto pelear, no dudó en recordárselo: ¿No has tenido suficiente con Boly ?, sonrió. Ignorándolo, ella lo invitó a cabalgar. Y así, seducido por sus encantos, Frody pasó junto a Freydis una mañana apacible de la mano, trepados a los árboles, observando el sol bañar las costas.

Urd llegó al despertar el sol a la aldea de Killi encontrándose con el extranjero de sus visiones. Trató inútilmente de convencer a Killi de que las adivinaciones de su padre eran exageradas. En todo caso, había dicho, ¿no deberías ser tú, y no un extranjero, quien aspirara a tal privilegio? En su favor, el extraño visitante había argumentado, una y otra vez, que el pueblo no aceptaría a un extranjero como goddi. No hubo nada que los disuadiera a dejar de marchar en formación desordenada, y armados hasta los dientes, hacia el centro del poblado, en un intento desesperado de conjurar la desgracia. De todos modos, Killi, que era justo,ofreció su protección a la bruja, pero sólo a cambio que le diera su apoyo al momento de tener que recuperar la honra y las tierras que Otar le había arrebatado. En su posición, y un poco a regañadientes, Urd no tuvo más remedio que aceptar.
Cuando llegaron al pueblo, se encontraron con Freydis desafiando a otro guerrero, esta vez, nada más y nada menos que a Otar. Fueron testigos de cómo, en un par de movimientos, la guerrera decapitaba al jefe de quien había tenido la flota de barcos más importantes de la región. Sacudía la cabeza salpicando sangre a los guerreros que empezaron a tomarla- aunque no fuera más que temporalmente -como una líder, considerándola ahora igual a Otar, Vali, Icemberg, y al mismo Frody. Luego, se abrazó con Frody, quien le recordó que estando juntos nadie se atrevería a desafiarlos. Boly hizo el intento de defender lo que quedaba, pero fue inútil, los hombres de Killi se unieron en favor de Vali e Icemberg, y los derrotaron. Mientras curaban las heridas de Freydis, la bruja, Icemberg y Vali, ahora unidos en una alianza de poder, acordaron el reparto de las tierras de Otar, entregándole la parte que le correspondía a Killi. Éste recuperó así su honor y sumó sus hombres para la defensa de la invasión danesa. Ramunn demostró que la profecía del anciano era infundada y fue liberado. Y así también Urd saldó la deuda que había contraído con Killi.


Tres días después, cuando llegó el ejército danés, los arqueros de Killi los encontraron en el bosque, siendo rodeados por los flancos, y por la espalda, en franca emboscada, por los ejércitos de Vali y Icemberg dirigidos por Freydis. La guerrera echó de las tierras a los invasores y, más tarde, sacrificaron algunos animales en recompensa a los dioses. La völuspá se había cumplido.

Seak

Este es el relato de una partida de Sagas of the Icelanders (one-shot) que dirigí hace unos meses. Éste es un juego basado en Apocalypse World, pero ambientado en los primeros siglos de la ocupación de Islandia: el juego cuenta las historias de los primeros colonos islandeses, inspirado en parte en las Eddas.

Eso fue todo. ¡Nos vemos mañana mismo con un post de "mazo de muchas cosas"!

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