Cuentacuentos: en las entrañas de una conspiración

6.4.16

Cuentacuentos: en las entrañas de una conspiración


Hace más de un año, decidí iniciar a mis compañeros de oficina en el arte de tirar dados con Warhammer Fantasy Roleplay (WFRP 2nd) y dirigirles una campaña clásica: "El Enemigo Interior: Sombras sobre Bögenhafen”. El grupo termino siendo bastante variopinto: elfos, enano, halfing y humanos. Todos se encariñaron con sus personajes enseguida. Esta sesión fue aproximadamente la sexta sino me falla la memoria. Se habían detenido en la ciudad de Bögenhafen escapando de una posible acusación de asesinato en Altdorf.

Los jugadores llegaron a la ciudad de Bogënhafen con sus murallas y su animado puerto donde estibadores cargaban vino, lana y carbón que bajarían por el rio hasta Altdorf y más allá. Luego de resolver un asunto pendiente: la esperanza de cobrar una herencia falsa, del que hablaremos en otra oportunidad, descubren que se esta celebrando una feria con un mercado junto a las murallas de la ciudad, el Shaffenfest, y deciden aprovechar para comprar mejor equipo, provisiones y quizás conseguir algún trabajo para pagar todo eso. 

En el mercado, los borregos balían hacinados en sus corrales y los mercaderes pujaban comprando y vendiendo a los animales. Los personajes recorren las tiendas improvisadas al aire libre donde venden ropa, armas, alimentos y equipo diverso. Alfred, el halfing ladrón, roba algo de dinero y decide invertirlo en "amuletos de San Rudoberto", supuestamente efectivos contra la magia negra.

Un cuadrilátero, construido con cuatro cuerdas, pica la curiosidad de los jugadores. Un hombre musculoso y alto esta sentado con la cara roja y visiblemente agotado mientras un delgaducho anuncia a grito pelado que por 10 peniques pueden enfrentarse a Bruto y si resisten tres minutos pueden ganar 3 coronas de oro y si lo vencen la impactante suma de 10 coronas. A esta altura, a los jugadores que vienen pasando penurias y contando los peniques en cada taberna, les brillan los ojos y miran sin remordimiento en dirección de Brok, el Matador. NOTA: los Matadores son un culto de enanos maniacos que perdieron su honor y la única forma de recobrarlo es mediante su muerte en batalla.
Un matador... no necesariamente Brok,
hijo de Brok, nieto de Brok!
Para los jugadores, este sería su primer dungeon crawl: túneles, trampas, encuentros y monstruos le dieron el tono necesario para reproducir ese modo clásico de juego. El desafío que me restaba era que su motivación y la tendencia natural de los elfos y el matador los incitarán a investigar la conspiración que se tejía en Bogënhafen

No muy convencido del asunto, el enano entra al ring de lucha y Bruto hasta entonces encorvado se levanta de su taburete en toda su esplendida estatura. El combate es un duelo de pugilismo que la fuerza bruta del enano resuelve a su favor con un uppercat que conecta en la mandíbula de su oponente, condenando al pobre hombre a dieta liquida por los siguientes meses. Faffarnof guarda las veinte plumas de palomón imperial, que Sigfrid "manos firmes" cazó, sin usarlas para su plan, de dudosa ética, de dormir al luchador durante el combate si las cosas no iban como esperaban.

Un enano grita alabanzas a la fuerza y destreza del Matador desde la distancia. Se presenta con voz gangosa como Gotri Gurnisson. Es un condenado a la picota por ebriedad. Brok se apiada y paga la fianza al juez del pueblo. Poco después le da unas monedas y deja al borracho a su suerte mientras continúa recorriendo la feria.

Una tienda destaca entre todas por su tamaño y colorido. Es el "Asombroso Museo Zoológico del Doctor Malthusius" donde por unos peniques conocen al sasquatch, el cicloperro, la mujer más pequeña del mundo, los búhos siameses y un goblin de tres piernas. Aún sorprendidos de tal gama de aberraciones contranaturales, son sorprendidos por los gritos del gentío cuando el goblin logra escapar y huye directo a las cloacas por una entrada a los pies de las murallas.

Motivados por la paga que les promete el Doctor Malthusius y el magistrado del pueblo por traer vivo o muerto al piel verde fugitivo, se deslizan por un túnel estrecho que desciende hasta las vísceras de la ciudad. Son recibidos por un abrazo de pestilencia y espesa humedad. Munidos de antorchas y el hechizo de luz del aprendiz de mago avanzan por la estrecha vereda que corre junto al canal por donde las aguas servidas de la ciudad hacen su viaje final hasta el rio.

Targaroth, el rastreador elfo, aún asqueado por el sofocante hedor de los desperdicios de cuatro mil habitantes, se concentró en el propósito de aquella misión y descubrió las huellas irregulares del goblin de tres piernas. Avanzar por la oscuridad de los túneles era una tarea peligrosa y les represento varios encuentros desagradables a los que no detallaremos por respeto a la brevedad de esta "epopeya".

En un túnel secundario, desprovisto de caminos laterales, se toparon con una bolsa de gas que estalló con la antorcha de uno de los jugadores y los derribó en un canal superficial con el pelo chamuscado y la dignidad empapada de agua maloliente con restos de cosas que preferimos no detallar. Unas cuantas vueltas más por aquellos pestilentes túneles, cuando les toco el turno de cruzarse con una criatura cefalópoda que intentó arrastrar algunos al canal y convertirlos en su cena pero lograron ahuyentarla a golpe de hacha y flechas. Sucios y maltratados continuaron con más cautela.

Luego de los incidentes brevemente expuestos, calados hasta los huesos de aguas negras, avanzaban armados, listos para cualquier nueva eventualidad y ansiosos por concluir con el asunto entre manos y pegarse un baño en la posada prometida como parte de pago. El elfo encontró en la misma dirección donde las huellas del piel verde se dirigían, un nuevo par de huellas que parecían arrastrar algo. Sobre el rastro irregular del piel verde y estas nuevas huellas, la verdosa luz lunar de Morrslieb que entraba por una boca de tormenta develó una escena criminal. Gotri Gurnisson, el borracho del pueblo al que habían liberado hacia una hora, yacía muerto sobre uno de los caminos laterales. Sus pies colgaban dentro del canal. 

Polonius, el halfing barbero-cirujano del grupo, perito en cuestiones de amputación y vello facial, observó que estaba muerto aunque agregó con menos obviedad (y aún menos interés en la salud del enano) que el corazón había sido removido por una incisión practicada con un cuchillo. Causa probable de muerte: perdida del órgano circulatorio principal. Las manos también presentaban laceraciones por ataduras lo que podría significar que no fue un procedimiento voluntario.

Una mancha de sangre hábilmente detectada en la humedad de los muros reveló que el goblin herido había doblado en una bifurcación no muy lejos de donde yacía el cadaver del enano. Todos se detuvieron cuando las huellas desaparecieron repentinamente. El olfato de Sigfrid, el cazador, captó una ráfaga de aire más limpio que se escurría por una rendija en la pared del túnel. Un simple empujón corrió la pared falsa. Tras esta, una reja abierta protegía el acceso a un templo subterráneo dedicado algún dios infame de esos que abundan en el Viejo Mundo.

En este punto se produjo una escena clásica en los juegos donde el terror hace mella en la usual temeridad de los jugadores mediante mecánicas duras donde la vida y la muerte limitan por el filo de un buen golpe de espada. Es suficiente con lastimarlos un poco y mostrarles que en este mundo no son invencibles para que teman por la vida de sus personajes y se la piensen dos veces. Discutieron brevemente que hacer cuando Targaroth, con menos partidas y encuentros desafortunados encima, tomó la iniciativa y se mandó sin precauciones mientras los demás lo intentaban de convencer de pensarlo mejor.

Un circulo de cobre rodeaba un pentagrama trazado con sal. En uno de los extremos, un candelabro de plata con siete brazos y una vela negra en cada uno atrajo la atención de todos antes que notaran la sangre y los huesos del deforme goblin, su famosa cadera capaz de alojar tres piernas. Targaroth aún imbuido de su temeridad continuó avanzando para inspeccionar la cámara con más detalle (vaya Sigmar a saber porque el “resistente" elfo decidió dar el primer paso). Sus ojos aún recorrían los contornos umbríos de la misma cuando una gota de sangre tibia le mojo la puntiaguda oreja.

Al mirar hacia arriba, una criatura de pesadilla lo observaba oculta en la oscuridad del techo. No media más de metro y medio, por dos alas de murciélago le brotaban de la espalda. Garras, colmillos y una piel coriácea remataban el aspecto del demonio guardián. Aterrorizado el elfo se atinó a tirar al suelo, lo cual, le salvó la vida del golpe de garra dirigido a su cabeza pero no fue suficiente para evitar el siguiente ataque: un vil mordisco en la ingle. 

Sigfrid no perdió un momento y aprovechando la velocidad ganada tras años de cazar en los bosques, o una saludable dosis de cagazo, colocó una flecha en el arco pero la cuerda estaba en mal estado y se partió no bien lo tenso (Nota: los jugadores hicieron gala de una pésima suerte a lo largo de toda la campaña y yo impelido por el sacro reglamento aproveché para generarles contratiempos a tono con la situación). El inconveniente lo mantendría ocupado un rato. Faffarnoff, el hechicero, percibió el aura demoniaca y su resistencia al daño físico. Lanzó un encantamiento al arma de Brok, el Matador. Alfred y Polonius, la artillería halfing, atacaban con sus hondas desde la distancia a donde prudentemente habían permanecido. El duelo cuerpo a cuerpo entre demonio y enano fue corto y sangriento. Algunos golpes bien acertados del hacha letal del enano y un dardo de luz blanca, disparado desde los dedos del mago silvano, concluyeron el trabajo y el demonio abandonó este plano para dejar solo una sombra oscura en el piso, un olor a azufre en el aire y una dentellada en el elfo.

Targaroth se levantó del rincón donde se había arrastrado pálido y sangrando profusamente y el barbero-cirujano se ocupó de sus heridas mientras los demás exploraban en detalle el misterioso templo. En un cofre reforzado encontraron un craneo con una banda metálica remachada junto a una bandeja con un cuchillo aún manchado con sangre. Entre el cofre y la pared, había un pañuelo perdido con las iniciales F.S. No se retiraron del templo sin antes juntar esos variopintos objetos y, por supuesto, la cadera del goblin.

Habían bajado a las cloacas para ganar algunas necesitadas monedas, pero su misión ya no tenía sentido porque el goblin estaba tan muerto como el pobre Gotri al que nadie extrañaría. El remate de la noche era un templo misterioso y la certeza que había adoradores del Caos operando al resguardo de las entrañas oscuras de la ciudad. 

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