Rolerosofía: Los juegos de mesa tienen un problema de terrorismo de hombres blancos

19.4.16

Rolerosofía: Los juegos de mesa tienen un problema de terrorismo de hombres blancos


Hoy compartimos con nuestros lectores la traducción de un artículo que sacudió a la comunidad gamer exponiendo el testimonio de una jugadora que a lo largo de si vida sufrió múltiples acosos en el ámbito lúdico.
Nos sumamos a la difusión de este texto entendiendo que los problemas de acoso afectan a toda la comunidad y deben ser detenidos de inmediato. Para esto se necesita la acción conjunta de todos visualizando los abusos que atraviesan a nuestro pasatiempo y diciéndoles basta.
Para abrir y profundizar el debate vamos a dedicar el Podcast Explosivo del día de hoy al análisis de la problemática del género en las comunidades roleras. Los invitamos a participar y opinar, tanto durante la transmisión como en los comentarios de esta entrada.

(Nota: algunos lectores solicitaron que se inserte un aviso sobre el tono fuerte y crudo de los testimonios presentados, así que valga esto como advertencia. De todas formas vale decir que la visualización de los aspectos negativos de nuestras dinámicas como comunidad nos ayudan a superarlas. Ignorar estas cosas y hacer de cuenta que no existen solo las hace peores.)

Los juegos de mesa tienen un problema de terrorismo de hombres blancos



Soy una gamer. Respondí a La llamada de Cthulhu y corrí en las sombras con hackers y chamanes. Atravesé las antiguas tierras de Greyhawk, Faerum y Eberron con compañeros viejos y nuevos. Me lancé desde una aeronave y tuve duelos sobre Londres por el Club Kerberos. Tiré dados y jugué cartas e hice que hombres mordieran el polvo jugando juegos de guerra de mesa.
Ya no lo hago más.
Desde julio del 2015, fans del juego Malifaux me han estado intentando abrumar con amenazas de muerte y violación solo porque soy una mujer que tiene una opinión sobre el juego. Wyrd Miniatures ha callado al respecto y cuelga el teléfono cada vez que alguien intenta discutir el acoso. Dado que un gran número de las amenazas identifican por el nombre a sus remitentes como miembros del personal de Wyrd, no encuentro esto sorprendente.
Pero este artículo no trata sobre eso.
No es esta la primera vez que he recibido una avalancha de amenazas de hombres patéticos e inseguros. No es la segunda vez ni la tercera ni la cuarta. En este punto, sé que si hablo en contra de los abusos que hemos sufrido mis amigas y yo por participar en la “amigable comunidad gamer”, puedo esperar ser silenciada con prejuicios extremos. La secciòn 83.01 del Código Criminal de Canadá define el terrorismo como un acto cometido “total o parcialmente por causas, propósitos o objetivos políticos, religiosos o ideológicos” y con la intención de intimidar al público “... en lo que respecta a su seguridad, incluyendo su seguridad económica, obligando a una persona, un gobierno o una organización doméstica o internacional a hacer o dejar de hacer cualquier acto.”
Los lectores astutos notarán que no hay una prohibición específica para el acoso a través de internet, aunque las amenazas de muerte son una de las más prominentes y efectivas formas de alejar a las mujeres y a las personas de color de las comunidades. Aunque el tópico del acoso en línea se ha centrado alrededor de las mujeres blancas, no es raro que cualquier minoría reciba amenazas de muerte y otras formas de intimidación cuando expresan sus preocupaciones sobre la aceptación del racismo, sexismo, homofobia u otras formas de fanatismo en las comunidades gamer.
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Tengo trece años y estoy en una tienda gamer por primera vez. Examino la sección de dados y llevo algunos al mostrador para pagar.
“¿Cuántos años tenés?” pregunta el hombre calvo de mediana edad detrás del mostrador.
“Trece.”
“¡Si hay pelito no hay delito!” se ríe alegremente. Los jugadores de Warhammer 40K en la mesa detrás de él repiten a coro. “¡Si hay pelito no hay delito! ¡Si hay pelito no hay delito!”
Yo corro.
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No duden que esto es terrorismo. Los hombres que me escriben amenazas tienen un interés especial en que cualquiera que sea percibido como “inferior” sea expulsado de la comunidad. Y lo trágico de eso es que funciona.
Las fuerzas del orden tienen una deplorable falta de equipamiento para lidiar con el dolor de cabeza multi-juridiccional que es el acoso en línea. La mayoría de los policías son reacios a ingresar una denuncia sin un nombre, una dirección y un número de IP y muchos consideran el “cyberabuso” como insignificante. Cuando se combina esto con las actitudes sexistas hacia las mujeres y el acoso sexual, denunciar amenazas de violación es casi imposible.
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Estoy en la Keycon, esperando a que una amiga termine su juego de Shadowrun. Uno de mis amigos me da una Pepsi. La tomo y le agradezco.
Despierto en una cama de hotel y no recuerdo nada. La mano de un hombre está dentro de mí, hurgando dolorosamente. Trato de gritar, pero nada sale. Trato de moverme, pero no puedo. Después de lo que parece una vida, me tambaleo, arrancando sus manos de mis jeans. La convención gira alrededor de mí como un caleidoscopio de pesadillas mientras imploro ayuda. Eventualmente alguien me lleva a un costado.
“Esta es una convención segura. Tenemos una reputación que proteger. Si vas a la policía, vamos a decir que nunca estuviste acá.”
Asiento adormecida. Creo que estoy llorando, pero no caen las lágrimas. Trastabillo hasta el baño en la cafetería del salón y sollozo hasta que no puedo respirar. Cuando me calmo, llamo a la policía y denuncio el ataque.
“Sonás borracha. ¿Estuviste bebiendo? No voy a tomar una denuncia de una puta borracha.” El oficial cuelga.
No me quedan más lágrimas.
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Muchos hombres tienen la falaz asunción de que la policía existe para servir y proteger a la población. No es así. Ellos existen para mantener la paz. A menudo esto significa intimidar mujeres para que no hagan denuncias o presenten cargos. No tengo idea de por qué esto es así. Solo tengo veinte años de haber tratado de denunciar violencia de género y de haber visto como ignoran mis preocupaciones. Esto no es un secreto bien guardado y los terroristas lo saben. Saben que cualquier mujer que intente denunciar un acoso o un asalto enfrenta una batalla cuesta arriba, y cuentan con eso.
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Es el 2009. Un hombre en mi tienda gamer ha estado acosándome sexualmente, diciéndome lo bien que la pasaría violándome. Cuando nadie más está en la tienda, me pone contra la pared y frota sus genitales contra mí. Llamo a la policía.
“Esto es asunto de su supervisor. Si te toca en la calle, entonces podés llamarnos.” El oficial cuelga.
El propietario se niega a echar al pervertido y en lugar de eso me despide. Tres años más tarde le gano un caso de derechos humanos que sienta precedentes.
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Lo que me sorprende es que no soy particularmente visible. No creo cosas, no escribo, ni participo de ninguna manera en la cultura gamer. Debido a los años de persistente acoso sexual y amenazas, mantengo un perfil social increíblemente bajo y trato de evitar mostrar mi género en línea. Solo piensen por un momento qué tan jodido es esto, que no puedo opinar sobre mis pasatiempos, intereses, o mi vida cotidiana porque soy una mujer y la comunidad gamer es tan peligrosa.
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Es el 2015 y estoy denunciando el acoso a la Policía Montada de Canadá.
“¿Es como el tema ese del WaterGame?” pregunta el oficial. Yo sonrío aliviada.
“Sí. Sí, es muy parecido a eso.”
El oficial suspira, “Tendríamos mucho menos trabajo si las mujeres tan solo se mantuvieran alejadas de los perdedores psicópatas y peligrosos.” Veo la evidencia delante de mí. Y no estoy en desacuerdo.
En cada discusión sobre el acoso en línea van a encontrar hombres diciéndole a las mujeres que llamen a la policía. Lo que no escuchan es a la policía diciéndole a las mujeres que se alejen de las comunidades gamer por su propia seguridad. ¿Qué dirían los gamers si supiesen que la policía le dice a las mujeres que eviten las tiendas gamers del mismo modo que se evitan las casas de fraternidad?
“¿Por qué esto es tan importante para vos?” El oficial es directo, pero lo aprecio.
“Es mi pasatiempo. Lo amo. Lo hago desde hace veinte años.”
Su respuesta me corta hasta la médula, “Encontrá otro pasatiempo, o te vas a morir.”
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La respuesta al desenfrenado asalto sexual en el pasatiempo gamer es predeciblemente misógino. Se espera que las mujeres se entrenen en defensa propia y cualquier acción menor a esa se considera “irresponsable” de su parte. Esta actitud es ilógica, irracional, y profundamente cruel ya que no considera el hecho básico que es que, para el momento en que una mujer es forzada a defenderse de un asalto sexual, el crimen ya ha sido cometido contra su persona. Peor aún, cualquier mujer que se haya defendido de un acoso sexual en la comunidad gamer puede decirles que su defensa propia precedió a un ostracismo mientras la comunidad abrazaba al acosador y expulsaba a la víctima por “crear drama”. ¡Como si el perpetrador del crimen no fuese responsable por el “drama” en primer lugar!
En medio de un alza del terrorismo del lobo solitario es importante para los miembros éticos y responsables de la comunidad gamer afrontar y detener esto antes de que alguien salga herido. El crédito por frustrar un potencial tiroteo masivo en el Campeonato Mundial Pokemon se lo lleva un moderador anónimo de un foro quien tuvo la sensatez suficiente como para percibir la peligrosa y violenta retórica de quienes escribían y alertar a las autoridades. ¿Cuántos asaltos sexuales podrían haberse prevenido en la comunidad gamer por hombre que extiendan la misma preocupación hacia las mujeres?
El terrorismo de hombres blancos es el bajo vientre blanco de la comunidad gamer, hecho para aterrorizar y quebrantar las vidas de aquellos que amenacen el status quo por raza, género o sexualidad. Tiene éxito porque la mayoría de los hombres en la comunidad son demasiado cobardes para plantarse frente a los abusadores y los terroristas. En el mejor de los casos, estos cobardes ignoran el problema. En el peor, se unen a los terroristas culpando a las víctimas por el abuso. El punto del terrorismo en línea es que es interminable, omnipresente y anónimo. No tengo forma de saber si la persona con la que estoy jugando es segura o si es la persona que quiere “cortar mi garganta y garcharse el tajo hasta que me ahogue en semen”. Saber que la persona enviándome esos e-mails podría ser cualquiera y que la comunidad no me va a apoyar si/cuando sea atacada me expulsa a mí y a muchas otras del pasatiempo.
La mayoría de los gamers no participa del terrorismo en línea, pero en cambio son cómplices en niveles menores de acoso. Es casi imposible convencer a los gamers de que las bromas sexistas y racistas son inaceptables y que podrían hacer que otros se sientan incómodos, expulsando gente. De hecho, tan solo mencionar el tema a menudo lleva a amenazas y más terrorismo. No es sorprendente por lo tanto que gente con conciencia se haya reunido para crear los Miércoles / Sábados libres de odio - una lista de tiendas gamer y de comics con una relativa seguridad para mujeres y minorías.
Los gamers lamentan la pérdida de las tiendas gamer locales mientras ignoran su culpa por la desaparición. Se culpa a Amazon por la muerte de las tiendas locales, pero son pocos los gamers que se detienen a preguntarse por qué tanta gente está eligiendo comprar juegos sociales de una forma tan poco social.
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Es el 2009 y una mujer aborigen está mirando las miniaturas de metal en la pared. Mi compañero de trabajo la ayuda mientras yo lleno otras estanterías.
“¿Tenés algunos modelos que se vean como yo?” pregunta la mujer.
“Solo tenemos los modelos normales,” dice sonriendo mi compañero, “pero puedo encargar el noble salvaje.”
La mujer se va. Nunca la volvemos a ver.
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Es el 2010 y un joven hombre negro con su mochila está hablándome sobre los méritos comparativos de Pathfinder versus la cuarta edición de D&D. Le digo que tenemos juegos a los que puede sumarse y hago seas hacia un grupo que ya estaba jugando.
“¡Qué onda n****!” los hombres blancos gritan.
Me disculpo pero el hombre ya está saliendo por la puerta. Reporto el incidente al propietario.
“No voy a echar buenos clientes solo porque alguien está sensible.”
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Es el 2001, 2002, 2003, 2004, 2005, 2006, 2007, 2008 y hay manos en mi culo, mis pechos y sobre todo mi cuerpo. Apretando, frotando, sintiendo cualquier cosa que quieran.
El olor de comics impresos me genera escenas retrospectivas ahora.
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Es mayo y estoy discutiendo el problema sobre los gamers y el acoso con amigos mientras cenamos.
“Es extraño hablar sobre un horizonte moral de eventos,” dice mi amigo mientras da un sorbo a su cerveza, “pero cuando un tipo me invitó a su casa a jugar Pimp: the Backhanding ese fue el final de la amistad.”
Otro hombre asiente, “Yo solía disfrutar mucho de los juegos de cartas, pero las comunidades están tan llenas de oio que no puedo llevar a ninguno de mis amigos. ¿Por qué jugar con gente que no soportás, no?”
“Todo cambió cuando tuve una hija,” dice un tercero, “cuando alguien hace una broma, pienso qué pasaría si se la dirigieran a ella. No puedo dejar que mi hija crezca entre esas actitudes.”
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Es el 2005 y estoy discutiendo con mi futuro esposo sobre las mujeres en la comunidad gamer.
“Las mujeres juegan tanto como los hombres,” digo, “solo que ellas no lo hacen en público y lo no hacen con los que se identifican como gamers porque es muy peligroso.”
“Esa no es mi experiencia con el pasatiempo.”
“Esperá y mirá.”
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Es el 2008 y unas mujeres que nunca han jugado luchan por un lugar en nuestra mesa. Jugamos con una política, una abogada, una química y muchos otros más. La mayoría somos mujeres, aunque hay algún que otro transexual. Nos compadecemos de historias de manoseos y sexismo en nuestra “amigable” tienda gamer local y nos reímos de la idea de que las mujeres no juegan.
En 2014, cuando ya no puedo jugar más juegos, se separan en diferentes grupos. Compran todo por internet y nunca vuelven a poner un pié en una tienda gamer. Han aprendido las lecciones difíciles.
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Es el 2007 y estoy discutiendo los méritos comparativos del Circle Orboros versus la Legion of Everblight cuando oigo un fuerte ruido y siento un agudo dolor detrás. Salto y grito furiosa.
“Relajate, es un piropo,” dice el Pressganger.
Insulto al jugador que me ofendió.
“Mirá, no podés jugar con nosotros si te vas a poner emotiva por cada cosita.” El resto de los jugadores asiente con la cabeza.
Me voy. Va a ser un día frío en el infierno antes de que Privateer Press reciba dinero de mi parte.
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La prominencia del terrorismo de hombres blancos en la comunidad geek es obvia para todos excepto para los hombres blancos heterosexuales. Gamergate, Sad Puppies y la necesidad del movimiento Cosplay is NOT Consent, para nombrar solo unos pocos, han traído a la luz las ideas peligrosamente retrógradas ligadas a la comunidad gamer. Si los gamers no pensaran que el acoso está justificado, se le opondrían. Que la comunidad y la industria como un todo elija mantener el silencio frente a la condena pública extendida de su intolerancia dice mucho, volúmenes enteros.
Los gamers quieren creer que son lógicos, sensatos y racionales. Pero no hay nada lógico, sensato o racional en hacer que tus compañeros y clientes atraviesen un corredor de intolerancia por el dudoso privilegio de jugar un juego en un espacio donde la gente como vos (y la gente que simpatiza con vos) es despreciada. Cuando te confrontás con la intolerancia en la comunidad, no cuesta nada -de hecho, afirmo que es el imperativo moral de la comunidad- detenerla clara e inequívocamente. “Estamos al tanto de que algunos de nuestros fans tuvieron experiencias negativas en la comunidad. Que se sepa que la Compañía/Tienda no apoya ni permite ningún tipo de racismo, sexismo u otro comportamiento intolerante. Si vemos u oímos de algún abuso, el jugador ofensor será reprendido, y, de ser necesario, expulsado por una duración indefinida.”
Siéntanse libres de robar eso, gamers. Ni siquiera hace falta que me den crédito.
El acoso en los pasatiempos nerd ha sido cuantificado y estudiado y los resultados son atroces. 25% de quienes respondieron a las encuestas reportaron acosos, 13% reportaron comentarios sexuales indeseados, y 8% reportaron que las manosearon, asaltaron sexualmente o las violaron. Si el 13% de los asistentes a la San Diego Comic-Con reciben comentarios sexuales indeseados, eso es alrededor de 17000 personas siendo sexualmente acosadas en cada convención. Tendrías que ser un idiota para pensar que ninguna de esas personas van a hablar entre sí, y carvernariamente malvado para considerar que todas estén mintiendo. ¿En cuanto al asalto sexual? Eso es alrededor de 10000 personas siendo manoseadas en la SDCC, y eso no cuenta a aquellas que hayan sido toqueteadas más de una vez. Muchas de mis amigas han renunciado a su alguna vez amado circuito de convenciones porque ya no pueden soportar, como lo dijo una prominente cosplayer, “que los hombres me manoseen como un pedazo de carne”.
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Es el 2005 y estoy en la I-Con. Me meto en una habitación de juegos de guerra buscando una demostración y un lugar para gastar mi dinero. Me inclino sobre una mesa para ver mejor el juego en progreso y siento una mano que me levanta la pollera. Grito y me doy la vuelta, pero todos están mirando sus mesas, con las cabezas metidas en sus juegos.
“¡Alguien me tocó el culo!”
El hombre haciendo la demostración hace un gesto, “Dejá de inventar. No te hace falta la atención.”
Le devuelvo el gesto y me voy. Esa noche, encuentro una constelación de cinco cicatrices en mi culo.
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Los hombres pueden gritar todo lo que quieran acerca de que #notodosloshombres acosan mujeres, pero mientras los gamers defiendan su comportamiento intolerante como un “sentido de humor” (implicando que la mujer a la que no le gusta que la toquen están de algún modo equivocadas), #todosloshombres son cómplices del acoso. Los predadores cuentan con que las demás personas piensen que están bromeando, y cuando los hombres gamers hacen chistes como “las chicas durmiendo no pueden decir que no”, esos predadores se sienten seguros y bienvenidos en la comunidad, mientras sus víctimas están forzadas a abandonar el lugar por su seguridad. Incluso si la mujer presenta cargos, el reporte de la policía no va a ningún lado si el resto de la comunidad no está dispuesta a testificar a su favor en lugar de proteger a su amigo violador. Los predadores saben esto, lo cual es una de las muchas razones por las que “¡Andá con la policía” es el constante cantito para cerrar CUALQUIER discusión sobre la seguridad en el ámbito de juego.
Incluso aunque siempre resulte en un diluvio de amenazas, me comprometo a hablar sobre mis experiencias con el asalto sexual, el acoso y la violación en el pasatiempo gamer. Lo más descorazonador es que cada vez que lo hago, recibo docenas de mensajes de hombres y mujeres que han sufrido lo mismo y no sienten que puedan decirlo porque la comunidad es tan hostil hacia la realidad. He oído de varias personas que, al intentar discutir su asalto sexual, los han tratado como si fuese una broma, recibiendo las risas de los miembros de la comunidad. No puedo pensar en una mejor evidencia de que la comunidad gamer es demasiado tolerante hacia esos monstruos.
Cuando la mayoría de los gamers se niegan a hablar en apoyo de aquellos que han sido marginados, envían el mensaje de que el pasatiempo está lleno de abusadores y que a ellos les gusta que así sea. “Hay boludos en cada grupo” es el canto de batalla, aunque esa afirmación carece de sentido para cualquiera que haya pasado el menor de los momentos cultivando una comunidad saludable. “El comportamiento de boludos” solo persiste porque la mayoría de los hombres son demasiado cobardes para llamar a los boludos por su nombre. Las mujeres que se enfrentan abiertamente al abuso y el asalto son tratadas como únicas responsables de su seguridad, mientras los cobardes pretenden que “mantenerse neutrales” es una virtud en lugar de un consentimiento tácito del descontrolado acoso y la intolerancia. La comunidad gamer tiene uno de los peores excesos de cultura de violación.
Pero si no pueden oirlo de una mujer, tal vez lo puedan oir de un hombre.
¿Qué pueden hacer los hombres? Pueden apoyar y creer en las mujeres, personas de color y a cualquiera marginado por la mayoría del hobby. Pueden rehusarse a defender boludos en su comunidad. Hay buenos hombres que conocen las historias de sus amigas, pero tienen miedo de compartirlas y que sus amigas reciban acosos. No necesitan compartir los detalles. Solo necesitan compartir que saben que hay un problema. (La indagación agresiva en el trauma es una táctica de abuso hecha para silenciar y traumatizar a las víctimas. No caigan en ella.) Yo realmente creo que si los hombres buenos en la comunidad tienen el coraje de defender lo que es justo, pueden cambiar la imagen del gamer pasando de un violador que envía amenazas por correo a las mujeres a algo más positivo.

En lo que respecta a Wyrd, a pesar de este enorme y peligroso tropezón, quiero creer que sus corazones están en el lugar correcto. Llámenlos al (678) 355-5055 o llenen un formulario de contacto y háganles saber que quieres un juego libre de acoso. Si tan solo pusiesen el mismo esfuerzo protegiendo a sus fans femeninas del acoso que el que emplean para protegerse de las críticas.

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